La oración: múltiples senderos para un mismo fervor

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La oración: múltiples senderos para un mismo fervor

Mensaje  BELLA el Miér Ago 25, 2010 5:20 pm

La oración: múltiples senderos para un mismo fervor

Miles de credos y disciplinas espirituales han suscrito y exaltado los
beneficios de la oración. Millones de personas la han practicado en
todas las épocas, cada una de ellas de una manera muy particular,
exclusiva, irrepetible, personal.

Describir los ritos externos asociados al acto de orar resulta
sencillo: juntar las manos, arrodillarse, postrarse, inclinar la cabeza
con actitud reverente, cerrar los ojos al susurrar invocaciones o alzar
las manos mientras clamamos a viva voz son acciones que casi todos
hemos efectuado alguna vez; en cambio, intentar describir con palabras
certeras la experiencia de absoluta intimidad y perfecta comunicación
con Dios –propósito fundamental de la oración- resulta, en el mejor de
los casos, una difícil aunque necesaria temeridad.

Algunos oran en la silenciosa quietud de sus aposentos. Otros –en
multitudinarios cultos- claman su fe a voz en grito, al son de músicas
bulliciosas. Hay quien prefiere silenciar su mente y apartar de ella
todo murmullo, todo monólogo interior, porque entiende que el Silencio
es la verdadera Voz del Uno. También hay quien silencia sus labios,
pero llena su mente con arrobadoras visualizaciones y poderosos
decretos de fe que exaltan la omnipotencia del Creador.

Algunos rezan postrados ante retratos, retablos o estatuillas; otros
niegan tajantemente la eficacia de tales imágenes; católicos y budistas
murmuran de modo fervoroso sus letanías o mantras, mientras manipulan
las cuentas de sus hermosos rosarios y malas; en cambio, el cabalista
hebreo no precisa de tales artilugios cuando combina las letras de su
alfabeto sagrado y articula el inefable nombre de Dios.

Hay quien sostiene que el acto de leer este artículo –o cualquier
escrito que fomente la creencia en el Poder Superior- es una manera de
orar: de igual modo, el acto mismo de redactar o canalizar este texto
también sería una forma de comunicarse –a corazón abierto- con el
armonioso Padre-Madre de la Creación.

Recitar una y otra vez frases positivas mientras llevamos a cabo
nuestras rutinarias tareas domésticas sería otro modo de profundizar
nuestra intimidad con el Uno. Monjes tibetanos utilizan una singular
maquinita que recita –por ellos- miles y miles de plegarias, mientras
persiste en ellos el estado de meditación. En fin, podríamos seguir
llenando páginas y páginas con esta enumeración, porque la variedad de
formas que presenta el acto de orar en cada país, religión o cultura es
–en verdad- interminable.

Nuestra postura sobre el tema es amplia: planteamos que existen tantas
formas de orar como personas viven y han vivido en nuestro planeta,
como seres abundan en la inmensidad de mundos que cunden en nuestro
Universo. Cada manera de orar se adapta –como un traje hecho a la
medida- a las muy particulares creencias, modos de ser e idiosincrasias
de las más diversas personas. Por ende, cada uno de nosotros haría bien
en cultivar –de manera libre y espontánea- aquel modo de orar, meditar
o clamar que mejor convenga a su personalidad y fines particulares.

Sabemos, tanto por experiencia ajena como propia, que más allá de sus
formas y contenidos externos, la oración que rebosa de fe, de inmensa
gratitud al Creador, de absoluta certidumbre en las virtudes del Poder
Supremo, resulta eficaz y reporta tangibles beneficios a quien la
practica con asiduidad.

En tal sentido, y de acuerdo a nuestro criterio, lo básico en la
oración no son sus galas o ritos exteriores, su credo religioso o
filiación espiritual, su uso o no de imágenes, sus palabras audibles o
su silenciosa austeridad; lo fundamental es, sin duda, su capacidad de
generar en nosotros un altísimo nivel de conciencia –del todo exento de
miedo, recelo e incertidumbre- lleno de amor, autovaloración, maestría
personal e infinita, ilimitada confianza en Dios.


La oración como comprensión espiritual

De acuerdo a la autora estadounidense Mary Baker Eddy, la oración que
sana y reforma "es una fe absoluta en que todas las cosas son posibles
para Dios –una comprensión espiritual de Él (...) La oración no puede
cambiar la Ciencia del Ser, pero sí tiende a ponernos en armonía con
ella (...) Comprender a Dios es obra que exige absoluta consagración de
pensamientos, energías y deseos (…) El deseo es oración (…) El deseo
que se eleva hambriento de justicia es bendecido por el Padre y no
vuelve a nosotros vacío (…) Lo que más necesitamos es la oración del
deseo ferviente de crecer en Gracia, oración que se expresa en
paciencia, humildad, amor y buenas obras".


La oración silenciosa

Maestro de la oración audible –legó para la posteridad su inolvidable
Padre Nuestro- Jesús de Nazareth también recomendó la oración
silenciosa. "Cuando ores –sentenció hace poco más de dos milenios-
entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en
secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público".
Aventuramos una posible interpretación de esta frase del Nazareno: el
Uno es invisible al bullicio de nuestros toscos sentidos materiales;
debemos acallarlos para ingresar al corazón de la oración y escuchar
ese sagrado Silencio, esa Paz que es Su única y verdadera Voz; en esa
estancia de calma infinita, donde las cosas del mundo material ya no
nos perturban, despertamos –por fin- a Su Imagen y Semejanza.


El clamor como oración energética

En las antípodas de la oración silenciosa, está la oración como clamor,
vale decir, como proclama a viva voz, a voz en grito o a todo pulmón de
ser necesario. En tal sentido, el pastor Bill Gothard –natural de
Chicago, EE.UU.- afirma: "Durante la mayor parte de mi vida, di por
sentado que clamar era sólo un sinónimo de orar. Me he asombrado, sin
embargo, de ver los propósitos específicos y el potencial propio del
clamor (…) Dios escucha nuestras oraciones (…) Él nos escucha, en
particular cuando nuestras peticiones se expresan en voz alta".

Prosigue Gothard: "Santiago presenta su relato de la oración del
profeta Elías con esta frase: La oración del justo es poderosa y
eficaz. La palabra para eficaz en griego es energeo, equivalente a
energía en español (…) Muchas de nuestras oraciones no disponen de la
energía que Dios requiere para alcanzar resultados eficaces. No
obstante, cuando una persona clama con sinceridad a Dios como su única
esperanza de liberación, provisión o protección, podemos estar
completamente seguros de que su clamor será eficiente".


El fuego de una oración fervorosa

Varios autores anglosajones de la reforma protestante son elocuentes al
asegurar que el fervor –audible o silencioso- es el más importante
ingrediente de una oración eficaz. Dice Charles Spurgeon que "aquel que
ora sin fervor no ora en lo absoluto". Por su parte E. M. Bounds
afirma: "El fervor es el alma de la oración. En la oración, el fuego es
la fuerza motriz". A lo que añade el autor del siglo XVII Thomas
Watson: "El fervor es para la oración como el fuego es para el
incienso, lo cual hace que ascienda al Cielo como grato perfume".


La oración como lectura y como vehículo de la ley de atracción

En la primera década del siglo XXI, la ley de atracción está en boca de
todos gracias a una serie de interesantes y polémicos documentales. Sin
embargo, a mediados del siglo XX, la autora venezolana Conny Méndez
hablaba con autoridad acerca de sus beneficios. En su artículo La
Manera Correcta de Orar, nuestra querida e inolvidable coterránea nos
insta a elevar nuestro nivel de conciencia, a olvidar las contingencias
del problema que nos abruma y a concentrar nuestro pensamiento en el
poder omnisciente de Dios.

Para esta distinguida maestra espiritual, la lectura puede constituirse
en un muy productivo modo de oración. En tal sentido, recomienda tomar
un libro que consideremos sagrado, como la Biblia o cualquier otro tomo
de rebosante sabiduría metafísica (los usuarios del I Ching, el libro
chino de las mutaciones, suelen emplear esta metodología); luego, nos
alienta a leer y releer con fe, "ya que la ley de atracción" nos
conducirá a esa página adecuada, "allí donde corresponda a tu problema".

Posteriormente, nos suministra una fórmula de lo que ella considera la
forma ideal de orar. Extractamos el siguiente párrafo, que la persona
interesada debería leer y repetir con fe inconmensurable, de modo
mental o sonoro:

"Dios es mi sabiduría, de manera que no puedo errar. Dios es mi
inteligencia, no puedo sino pensar correctamente. No hay pérdida de
tiempo, ya que Dios es el único hacedor. Dios actúa a través de mí, de
manera que siempre estoy actuando correctamente y no hay peligro de que
yo ore incorrectamente. Yo pienso lo indicado, de la manera indicada en
el momento apropiado. Mi trabajo siempre está bien hecho porque es el
trabajo de Dios. El Espíritu Santo siempre me está inspirando. Mis
pensamientos son frescos, nuevos, claros y poderosos porque cuadran con
la Omnipotencia".


La oración como sonido

La palabra es sonido. El sonido es vibración. La vibración es energía.
Si la energía es el fuego de la oración, entonces las vibraciones,
sonidos y palabras que vertemos al orar son de capital importancia para
que nuestro ruego sea eficaz. Tal es la base filosófica de los mantras,
utilizados tanto por el hinduismo como por el budismo.



En el caso de los hinduistas y budistas, cada mantra representa el
sonido correspondiente a un cierto aspecto del proceso de Iluminación.
Algunos aluden a la compasión, tal como el famoso "om mani padme hum";
otros sirven para sosegarnos; algunos tienen funciones tan disímiles
como aumentar nuestra energía en el trabajo, conseguir una pareja
idónea, exaltar el amor propio e, incluso, para destacar en los
deportes.

Ciertos autores señalan que tan beneficioso como recitar los mantras es
escribirlos, así que su positiva influencia no se limitaría a la
repetición oíble o mental de esos sonidos sagrados. De tal suerte, la
escritura también se convertiría en un singular vehículo para la
oración.


Orar nos ubica en el Ahora

Con esta amplia enumeración no hemos agotado –ni mínimamente- el
extenso catálogo de métodos y tecnologías espirituales que la humanidad
ha desarrollado, a lo largo de las eras, para orar –vale decir, para
establecer una íntima comunicación con Dios.

Más allá de su forma, sabemos que nuestra oración está dando resultados
cuando nos llena de certidumbre, poder personal, alegría de vivir, amor
ilimitado y una fe absoluta en nuestras posibilidades y las del
prójimo. Mejora substancialmente nuestra calidad de vida, ya que nos
distancia de estados neuróticos de inconciencia, miedos añejos y
emociones nocivas, perturbadas; la oración fervorosa nos plena de
energía divina y nos ubica existencialmente en el Ahora… el único
tiempo real… el único tiempo en el que tiene sentido transitar y
recorrer los vastos senderos que nos tiende la Vida…


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